6
Sep
2021
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En su pecho inerte

Potografía: César Mariño / Animación: Caudal Images

Pudo estar dispuesta una flor, como se acostumbra, en homenaje a una vida transparente y rodeada de amor. O quizás un poema. En su familia todos, siguiendo su ejemplo de lector contumaz, son amantes de las letras y se les da bien los versos y las prosas elegíacas. Tal vez su hija hubiese puesto en su pecho inerte ese primer lápiz que él le regalara la vez que le dijo que a la vida se le entendía más cuanto más se le dibujara. Su hijo seguramente hubiese puesto en ese pecho ancho, que se inflamaba cada vez que una canción de La Fania comenzaba a sonar, para arrojar esa voz portentosa y bien entonada, uno de los viejos cassettes con que su padre le enseñara a bailar el ritmo que todavía llevaba en sus venas ese día en que el asesino ingresó violentamente a su casa y con tres puñaladas le arrancó la existencia. Una existencia dedicada al cultivo del ser humano y a la defensa de sus derechos, tan mancillados cada día en su tierra.

Muchas cosas pudieron estar en su pecho inerte el día en que lo mataron, menos -ojalá- el libro abierto que el asesino incendió para que la última imagen que todos tuviéramos de Don Campo Elías Galindo fuera la de las cenizas de la verdad flotando en una represa de sangre estancada. Y el maldito silencio y el triste temblor, otra vez, se nos contagiaran.                                                                            

(El texto anterior lo escribo en homenaje a un hombre excepcional, maestro de la Universidad de Antioquia en Medellín que fue asesinado hace tres días por razones que son investigadas, pero que pueden deducirse por el símbolo macabro pero eficaz que dejó el asesino al quemar un libro sobre su cadáver).

César Mariño García